Hoy cualquiera puede escribir «hazme una web para mi negocio» en una herramienta como Lovable, v0 o Bolt y tener, en una tarde, algo que se parece muchísimo a una web profesional. Diseño correcto, secciones ordenadas, textos que suenan bien, un formulario de contacto que funciona. Y todo por una fracción de lo que cuesta encargarlo. Entiendo perfectamente la tentación: si el resultado se ve igual, ¿por qué pagar más?
La respuesta corta es que no se ve igual, se ve parecido. Y en una web para un negocio real, el parecido se paga. La cuestión no es si la IA hace webs bonitas —las hace—, sino todo lo que no se ve y que decide si esa web funciona o te acaba costando dinero.
El 80% que se ve y el 20% que decide
Cuando una herramienta de IA te genera una web en minutos, lo que estás viendo es la capa visible: la maquetación, los colores, la disposición de los bloques. Eso es lo que la IA hace bien, porque es lo que más ejemplos tiene de los que aprender. El problema es que una web que vende, capta clientes o procesa datos no vive en esa capa. Vive en la que no se ve.
Rendimiento, seguridad, accesibilidad, SEO técnico, integraciones que no se rompen, mantenimiento a seis meses vista. Ese porcentaje aparentemente pequeño es justo donde se decide si la web trabaja para ti o en tu contra. Y es exactamente la parte que la IA hace peor, porque no se puede deducir del aspecto de otras webs: depende del negocio concreto que hay detrás.
La IA te da lo que se ve en una tarde. Lo que no se ve es lo que separa una web que funciona de una que solo lo parece.
La «S» de vibe coding
Hay una broma que circula entre desarrolladores: la «S» de vibe coding —generar software a base de pedírselo a una IA— es la de security, seguridad. La broma existe porque los datos de este mismo año son demoledores.
Estudios de 2026 coinciden en que entre el 40% y el 45% del código generado por IA introduce vulnerabilidades de seguridad conocidas. No hablo de fallos raros de laboratorio, sino de las vulnerabilidades más básicas y documentadas del sector. Un análisis a gran escala encontró que el código escrito por IA tiene casi el triple de probabilidad de contener un fallo de seguridad que el escrito por una persona con criterio.
Y no son cifras abstractas. Este año se hizo público que una de las plataformas de generación de webs más populares estuvo creando bases de datos sin una capa de protección básica, dejando expuestas más de 170 aplicaciones reales en producción. En otro caso sonado, una app lanzada sin una sola revisión de seguridad filtró más de un millón de claves de acceso. Detrás de cada una de esas cifras hay un negocio que creía tener una web terminada.
Lo que pasa a los seis meses
El coste oculto no aparece el día que publicas la web. Aparece después. Una web generada de golpe, sin nadie que entienda de verdad cómo está construida, es una web que nadie puede mantener con seguridad cuando algo falla. Y siempre falla algo: un plugin que hay que actualizar, una integración de pago que deja de funcionar, un formulario que empieza a llenarse de spam, una caída de posiciones en Google que nadie sabe explicar.
Aquí es donde el ahorro inicial se da la vuelta. Lo que empezó costando poco acaba costando el doble: primero lo que pagaste por la web «barata», y después lo que cuesta que alguien entre, entienda un código que no escribió ninguna persona y lo arregle. He visto proyectos donde rehacer sale más caro que haberlo hecho bien desde el principio.
El precio de una web no es lo que pagas por tenerla. Es lo que pagas por tenerla, más lo que cuesta arreglarla cuando lo que no se veía empieza a fallar.
Entonces, ¿la IA no sirve para hacer webs?
Sí sirve, y mucho. Yo la uso a diario. Pero la uso como lo que es: un acelerador en manos de alguien que sabe qué está mirando. La diferencia entre que la IA sea una ventaja o una trampa no está en la herramienta, está en si hay criterio humano decidiendo qué se queda, qué se revisa y qué se tira.
Una IA genera una primera versión en minutos. Revisar esa versión, entender qué hace por debajo, cerrar los agujeros de seguridad, optimizar el rendimiento y asegurarte de que la web sirve al negocio y no solo a la vista: eso sigue siendo trabajo humano. Y es justo el trabajo por el que merece la pena pagar.
Cómo saber si tu web «barata» te va a salir cara
No hace falta ser técnico para hacerte las preguntas correctas antes de dar por buena una web hecha con IA:
- ¿Alguien puede mantenerla? Si la web la generó una herramienta y nadie entiende cómo está montada por dentro, tienes un problema latente.
- ¿Ha pasado una revisión de seguridad? Sobre todo si recoge datos de clientes, procesa pagos o tiene zona de acceso. «Funciona» no es lo mismo que «es seguro».
- ¿Es rápida de verdad? Una web bonita pero lenta pierde visitas y ventas, y penaliza en buscadores. La velocidad no se ve en una captura.
- ¿Está pensada para tu negocio o para cualquiera? La IA tiende a la media. Tu web debería estar pensada para tu cliente concreto, no para el promedio de internet.
Que las herramientas de IA sean capaces de generar una web en una tarde es una noticia buenísima. Lo que no ha cambiado es lo que hace que una web funcione de verdad. Eso sigue estando debajo de la superficie, y sigue necesitando a alguien que sepa mirar ahí.
Las herramientas se han vuelto más rápidas. El criterio para usarlas bien, no.